¡Qué bueno es sentirme importante!

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Gracias a Dios, llega cada cuatro años el período electoral, espacio cíclico que m hace sentir totalmente diferente a mi cotidianidad.

 

De una manera misteriosa adquiero tal relevancia que me vuelven a saludar los Senadores, los Representantes y los Diputados que hacía cuatro años no me hablaban. 

Con algunos de ellos quise hablar luego, buscando apoyo para realizar alguna obra en mi pueblo y de una manera muy amable, a través de su secretaria, me decían que ¡qué pena!, pero que no podían atenderme.

A estos les agradezco que no me hayan hecho esperar, porque otros muy descarada y amablemente me hacían esperar y ya al momento de terminar la jornada, el doctor salía y me explicaba mientras se ponía el saco, que sería en otra ocasión, que…porque tenía que salir urgentemente a una reunión o que lo estaban esperando para un almuerzo.

Yo sinceramente llegué a pensar que era que el doctor Senador estaba bravito conmigo ¡pero no! gracias a Dios. Ahora que está buscando nuevamente votos, llegó a saludarme de mano y hasta un abrazo me dio, gracias a Dios. Es que en realidad es tan querido (por época de elecciones).

Hasta mi Viterbo del alma es privilegiado, pues por estos tiempos vienen al pueblo, políticos muy importantes que nunca antes lo hacen y hasta saben de memoria el nombre de cada uno de nosotros. ¡Y qué memoria! Porque recordar el nombre mío, es ya una proeza intelectual, ¡y de verdad que me llaman por mi nombre!

¡Qué dicha! Y lo que más me agrada es que todos son iguales, sin duda alguna todos son iguales. Claro que ahora tenemos nuevas generaciones en el sacrificado y destacado gremio político, pero son de la misma escuela y con el mismo estilo, cortados con la misma tijera, ojalá no cambien, que sigan así, ya que estamos acostumbrados a ellos. Pero qué bueno es, sentirme importante. ¡Qué bueno!

Pareciera que anoche hubiera escrito esta columna, pero ¡NO! Hace 20 años la publiqué por primera vez y como vemos en el tango “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo, el poeta de la desesperanza: “El mundo fue y será una porquería ya lo sé en el 506 y en el 2.000 también”. Y…hoy más que nunca adquiere vigencia convirtiéndose en tema de palpitante actualidad.